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Apostar por la conservación

En líneas generales, el turismo y la conservación no siempre fueron buenos compañeros. El Perú es uno de los diez países con mayor biodiversidad en el mundo, una virtud que lo obliga a comprometerse con la conservación de sus recursos naturales mediante mecanismos que maximicen los niveles de satisfacción de los visitantes y minimicen el daño al entorno natural.


El turismo se desarrolla en ecosistemas vulnerables a la afluencia masiva de personas. Si bien puede aportar grandes ventajas en el terreno socioeconómico y cultural, también contribuye a la degradación ambiental y a la pérdida de la identidad local.


Se trata del choque de dos corrientes. Por un lado se tiene la tendencia creciente por la conservación y protección del medio ambiente, mientras que por el otro lado tenemos una actividad que mueve millones de personas —y dólares— en un escenario llamado “naturaleza”.


Rafael Pilares, ambientalista que entrevisté hace algunos días, asegura que «aquello que conoces, proteges». La consigna puede ser el atenuante que este choque de corrientes necesita, pero sabemos que exige ciertos criterios de sostenibilidad como ser soportable ecológicamente o viable económicamente; aún así, existiría una deuda pendiente.


P: ¿Cómo puede una persona proteger algo que desconoce?

R: Ahí está el detalle. Existe un gran porcentaje de personas que impactan involuntariamente. A ellos hay que hacerles entender estos principios que de alguna manera promueven la conservación.


La conservación no se opone al desarrollo en tanto armonicen y sean complementarios, agrega Pilares. De hecho, el Perú es pionero en ceder Concesiones para Conservación desde el 2001 priorizando actividades científicas y proyectos de investigación o educación ambiental, una apuesta que propone varias alternativas de desarrollo social y económico para el país.


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